Todo el mundo habla del primer amor, ese que se tiene cuando uno es un crío, como algo de gran importancia, como algo que marca. Si me piden a mí una opinión acerca de ello, diría que eso es una chorrada, deletreado y en mayúsculas. Cuando eres un niño tienes que jugar, corretear, mancharte la camiseta de chocolate y emocionarte cuando se te empieza a mover un diente, no pensar en sentimientos. Y en mi caso eso del "primer amor" no es aplicable porque creo que nunca he sentido amor por mi novio del parvulario, que me traicionó al delatarme cuando me corté el pelo en clase. Tampoco he sentido tal cosa por ningún otro parecido, simplemente porque cuando era una niña lo único que me preocupaba era ganar cuando jugaba al escondite. Así que digamos que el primer amor no existe, ni el segundo, ni el tercero; no sé quién sería el ignorante que decidió un día que había que numerar esas cosas. Las matemáticas no se aplican en el corazón, panda de idiotas, porque pueden pasar por tu vida todas las personas que quieras, que muchas se irán sin dejar la más mínima huella. Hasta que un día, cuando menos te lo esperas, cuando no lo buscas ni lo pretendes, aparece alguien que lo cambia todo. Y ese alguien, aunque llegue después de otros, aunque ya no seas niño cuando entre por la puerta, ese va a ser el que importe de veras. Y no, no te darás cuenta de lo especial que llega a ser en tu vida hasta que, con el paso del tiempo, tú misma compruebas que con él el corazón te sigue dando un vuelco a la mínima. A eso, y solo a eso, sí que se le puede llamar primer amor. Sin embargo, yo tampoco lo hago. Eso para mí no tiene un nombre tan rebuscado. Eso para mí es amor. Amor asecas.
A pulso y boli bic
lunes, 9 de julio de 2012
domingo, 8 de julio de 2012
Palabras que susurran.
Odio la poesía, odio leerla y soy la persona más patética a la hora de escribirla. Sin embargo escribo, escribir es una parte de mi vida, prosa, no sé si talentosa, pero creo que soy capaz de dibujar mis sentimientos con mi caligrafía en un par de líneas. A veces entremezclo emociones, expreso mis miedos, cuento traiciones aunque de esas prefiero que haya pocas. Me gusta coleccionar recuerdos que huelan a hoja de papel, tengo cuadernos llenos, que al leerlos me emocionan. Escribo cuando estoy feliz, contando mis alegrías, y si tengo que desahogarme, primero es con el papel. Mis dedos se pierden en el teclado y empiezan a salir solas las palabras cuando se me ilumina la bombilla. A veces escribo cosas malas, cosas que no son bonitas, pero en la vida no es todo bonito; a veces, las escribo buenas, cuento memorias y alguna que otra vivencia. Escribiendo intento expresar el cariño que se me cuela, que no sé explicar en ocasiones, y cuento confesiones. Un poco de todo, nunca he tenido que seguir un guión ni pensar para escribir. Basta con poner la música adecuada, en el momento adecuado, cerrar un instante los ojos y... voilá, sale solo. Muchos momentos están guardados en mi habitación, en cajones, estanterías o lugares perdidos, no están ordenados, mi mente tampoco lo está, pero a veces aparecen por sorpresa y sin avisar, sacando una sonrisa al ver mi estado de ánimo en mi letra irregular, que se ha deformado al escribir deprisa una palabra que se desesperaba por salir. Y claro está, que la vida, al menos la mía, tiene muchos momentos. Y yo me niego a olvidarlos mientras pueda secuestrarlos con un lápiz, un boli y un trocito de papel.
Bob Marley.
Conserva lo que tienes, olvida lo que te duele; lucha por lo que quieres; valora lo que posees; perdona a los que te hieren y disfruta a los que te aman. Nos pasamos la vida esperando que pase algo, y lo único que pasa es la vida, no entendemos el valor de los momentos hasta que se han convertido en recuerdos. Por eso haz lo que quieras hacer antes de que se convierta en lo que te "gustaría" haber hecho. No hagas de tu vida un borrador, tal vez no tengas tiempo de pasarlo a limpio. Nunca es tarde para empezar a ser felices.
jueves, 28 de junio de 2012
Coucou, mon amour.
El mundo es variopinto. Hay gente extraña, aunque claro, ¿qué es para nosotros lo normal? Hay personas que son como un libro abierto, que las miras y puedes devorar capítulos de emociones sin necesidad alguna de articular palabra. Hay otras que son todo lo contrario, que cuando las miramos nos chocamos con unos ojos de hielo y rebotamos. Pero ante todo, yo no encuentro un término medio entre ambas, y podría decir más que la primera definición encaja más con mi forma de ser. A veces me gustaría ser una muñeca rusa, de esas que las abres y te encuentras con otra, y otra, y otra más. Capa a capa, podría reservarme muchas cosas para mí, sería fácil no posicionarme ante nada, u ocultar mis emociones, tragarme mis palabras. Siempre habría un muro infranqueable que le impidiera a nadie meterse donde no le llaman. Pero, ¿sabes? Habría un problema, bueno, no, no sería un problema. Siempre hay excepciones que confirman la regla. Las muñecas rusas están hechas de madera, y la madera con fuego se quema. Y cuando te miro, adiós madera y adiós muñecas. Y en un segundo todo se desmorona y la verdad es que me da igual, no me descoloca. Eso podría ser la explicación a muchas cosas. He aprendido a mirarte sin bajar la vista y sonreír como respuesta a los silencios, a callarme cuando quiero decirte más de lo que puedo. Me gusta. Me hace sentir bien, de sobra lo sabes. Por eso, a veces, tengo que pedirte que te marches, porque aunque el tiempo quiera pararse nunca lo hace, porque si por mi fuera, no te dejaría irte. Al parecer, las muñecas rusas también son capaces de ponerse sentimentales. Te voy a echar de menos.
jueves, 21 de junio de 2012
El último baile.
El "para siempre" no existe, yo no creo en él. Eso son palabras que pesan demasiado, es como decir "te odio" o "te amo", son palabras que uno debe pensarse bien antes de decirlas. Sin embargo, a pesar de discrepar de esa expresión, hay otra no menos importante: "desde siempre". Desde siempre en este caso son trece años, prácticamente mi vida entera, y también la vuestra. No recuerdo cómo fue el día que nos conocimos, pero sé que muchos lloraron ese día con el miedo de un niño de tres años que llega al colegio. Quién nos iba a decir que el tiempo volaría tan rápido y hoy mismo estemos a un día de marcharnos por la misma puerta por la que entramos. Tal vez yo no sea la persona que más sienta esta marcha, porque todos sabéis que no, no lo hago, pero sí que hay algo verdaderamente importante para mí en los pasillos por los que hemos corrido todos estos años: vosotros. Y es que nuestra vida empieza ahí, en la primera planta, en la casita de jugar a papás y a mamás o en la zona de las formas geométricas; empieza con el punzón y la plastilina y la taza con nuestro nombre para ir a beber, con el cojín de la asamblea y en la fuente sin agua para jugar a la peluquería. Hemos pasado nuestros lunes, martes, miércoles, jueves y viernes ahí, creciendo, cambiando de zapatos porque nos iban quedando pequeños, cambiando de clase y de profesores, enfadándonos y riéndonos. Hemos pasado momentos mejores y peores, y seguro que todos coincidimos si tenemos que contar alguna anécdota de nuestra infancia en el colegio. Todos recordamos el ordenador y los juegos de Pipo, las visitas de los Reyes Magos, la casita en la pizarra para apuntar los deberes, las manías de cada profesor; todos nos reímos al recordar cada bronca, cada canción que nos enseñó la madre Isabel. Nos han separado, y no obstante eso nos ha unido más que nunca, no solo como clase, sino como amigos. Hemos dejado atrás las diferencias y las rivalidades entre dos clases que se han llevado mal hasta que nos ha tocado ayudarnos con las láminas del Tamayo o compartir grupo en proyecto interdisciplinar. A pesar de los tantos y tantos roces que haya podido haber, es ahí donde se han creado muchas de nuestras grandes amistades. Hoy, mañana, y finalmente el martes, dejamos atrás todo esto y todo lo demás. Nos vamos, no sé muy bien dónde y no sé si todos juntos, pero nos vamos. Puede que en unos meses algunos ya no estén a nuestro lado o tal vez sigamos siendo la misma piña que somos ahora; puede que otros se queden por el camino y puede que a otros no les sea el turno de soltarse la mano. No sé qué va a ser de mi vida, mucho menos de la vuestra, pero si algo tengo claro es que no voy a olvidar a todas esas personas que han formado parte de mi vida. Por muy lejos que acabemos, por mucho que cambiemos y a pesar de los diferentes caminos que escojamos, no olvidéis nunca lo que fuimos, lo que somos ahora todavía. Somos una piña, un grupo, una clase, somos cuarto, somos únicos. Como dije al principio, no sé si para siempre, pero sí desde siempre. Juntos hemos completado trece años de existencia. Gracias por haber sido esenciales, imprescindibles y los mejores.
lunes, 18 de junio de 2012
Aires de gran ciudad.
El calor húmedo se me pega en la piel, se escuchan los acordes a lo lejos de los músicos callejeros y el claxon de los coches que luchan desesperados por encontrar plaza para aparcar. Hay puestos de flores, el top manta está a la orden del día y el"one flor, one euro" es el himno oficial del parque Güell. La gente camina agitada sin pararse a mirar a ninguna parte, con maletines, bolsas de la compra, cochecitos de bebé. Demasiada gente, es un sitio demasiado grande, no es difícil perderse. A lo lejos el mar, un mar azul a juego con el cielo. Los jóvenes se tumban en los muelles, personas por todas partes, heladerías, chiringuitos, vendedores ambulantes. Se acerca la noche, hay fiesta pero no la fiesta que yo conozco. Me siento rara, fuera de lugar, me hablan inglés, yo no soy inglesa. Me gusta y a la vez todo es distinto para mí. Todo es raro, todo es fiesta, no hay preocupación alguna; bueno, sí, que no te roben, pero es secundario. No me voy a meter en el mar porque no me gusta pero la playa es bonita y el agua que me hace cosquillas en los pies no está fría. Nadie me conoce, nadie nos conoce y podemos ser quienes somos sin que nos importe que alguien nos mire mal. Somos jóvenes, claro que lo somos. Yo no viviría aquí, para nada, no podría; sin embargo a pesar de que este no sea mi sitio, estoy cómoda. Vale, sí, me gusta. No podría sentirme mejor, pero me quedo con eso que dicen de "como en casa, en ningún sitio".
First award.
A mi familia le
encanta viajar. Desde pequeñita me he acostumbrado a escaparme los fines de
semana a conocer lugares nuevos y a pasar los veranos fuera, lejos del ruido de
los coches y de la monotonía, pero sobre todo lejos de cualquier sitio que responda
al nombre de “ciudad”. He aprendido a disfrutar de la calma de los lugares
tranquilos, a apreciar el paisaje sea cual sea, a fijarme en los pequeños
detalles que conforman la grandeza de las cosas. Tal vez sea ese el motivo por
el que, a pesar de que yo no sea el mejor ejemplo para hablar de esto, de vez
en cuando tenga conciencia para intentar eso de hacer el mundo un poquito
mejor.
Siempre me ha
llamado la atención la forma de hacer las cosas en los sitios pequeños. Por las
mañanas todo el mundo sale con su carrito y se va a hacer la compra; y es
curioso que, como en una escena de película americana, los niños van en esas
bicis con cestita llevando el pan al mismo tiempo que hacen carreras entre
ellos gritándose y riéndose. Allí cuando asoma el buen tiempo, verás las
ventanas abiertas de par en par, dejando que la luz se cuele por ellas. Me
encanta pasar por la calle y escuchar el runrún de una tele de alguna casa, el
llanto de un bebé al que quizás se le haya caído el chupete o alguna risa de
alguna pareja, como si yo también fuera un rayito de sol que me cuelo sin ser
vista haciéndome partícipe de alguna historia ajena por unos segundos.
Yo soy la primera
que cuando me piden un sábado a la mañana que baje a comprar el pan me quejo.
¿Por qué no llegará él solito hasta la cocina? Sin embargo, tampoco tiene que
ser así. Supongo que al fin y al cabo no cuesta salir cinco minutos; como
tampoco es para tanto ir hasta clase andando, aunque pasemos un poco de frío en
esas mañanas que a uno le gustaría quedarse entre las sábanas; o tampoco nos
hace falta tener toda la casa iluminada, a no ser que hayamos visto una
película de miedo y no tengamos a quien abrazarnos.
Algo que también me
llama la atención, las pocas veces que voy a una ciudad, es el contraste existente
entre unas y otras, entre zonas y zonas. Podemos estar en una calle donde
apenas hay suciedad y están los contenedores perfectamente colocados, a
encontrarnos a la vuelta de la esquina en otra donde las bolsas de basura se
acumulan unas encimas de otras.
No obstante, a
pesar de todo esto, no es necesario viajar para ver lo que yo estoy contando
ahora. Puede que nadie conozca los sitios que yo visito, pero no hace falta ir
tan lejos.
Creo que todos
hemos tirado alguna vez un papel al suelo, y creo que también todos hemos
preferido en más de una ocasión un trayecto en coche a sobrevivir a esos días
de lluvia en los que parece que se avecina un apocalipsis. Pero en los tiempos
que corren, de vez en cuando, podríamos renunciar a un poquito de nuestra comodidad.
Vivimos en unos
tiempos donde tenemos todo cuanto deseamos, donde se nos consiente aunque no
sean las mejores épocas. No estamos en la Edad Media y tenemos medios
suficientes para conseguir lo que queremos cuando lo queremos. Y sin embargo
siempre queremos más, y siempre queremos lo mejor y lo más nuevo. ¿Qué nos
cuesta vivir con un poquito menos?
Siempre he pensado
que cuando nos dicen cosas como que debemos tratar de conseguir la paz en el
mundo, acabar con la crisis o con la contaminación, nos hacen pensar a grandes
rasgos cuando lo que debemos hacer es poner un poquito de nuestra parte
pensando en cómo podemos ayudar nosotros, y no intentar ser superhéroes que
quieren salvar el mundo. Siendo un poco realistas, no somos capaces de hacerlo.
No obstante,
empezando por nosotros podemos hacer muchas cosas. Cuando vayamos por la calle,
podemos esperar a llegar a una papelera y no tirar el envoltorio de un chicle o
de un helado al suelo. Podemos separar la basura tal y como nos enseñan tantas
veces en casa y en el colegio, apagar las luces cuando no hagan falta; podemos
no comprar por comprar y comprar solo lo que necesitemos, utilizar la última
hoja de la libreta que siempre pintarrajeamos para apuntar cualquier cosa que
nos haga falta en algún momento sin necesidad de gastar trescientos folios,
usar esas bolsas de tela que ahora hay por todas partes para ir a hacer la
compra.
Al fin y al cabo no
son grandes esfuerzos, son detallitos posibles en nuestro día a día, nuestra
rutina. Detallitos que nos ayudan y que ayudan a los demás, que ayudan a
nuestro entorno. Ya no solo por todo eso de contribuir con nuestro medio, sino
también por reducir en la época por la que estamos pasando. Tenemos cabeza, y
no es solo para peinarnos, también debemos ser conscientes de la realidad que
nos absorbe. Y somos nosotros hoy en día, los jóvenes, quienes debemos mover
las cartas a nuestro antojo. La partida no es otra que la de nuestro futuro y
nuestra sociedad, y por mucho que otros ayuden, los jugadores somos nosotros.
Debemos luchar, ayudar y poner nuestro granito de arena apostando por lo que
queremos, por nuestras ambiciones. Y una de ellas es esa, aprovechar, saber
vivir bien con lo justo, siendo todo eso que nos enseñan, en este caso un poco
ecológicos, sin demasiados caprichos y con un poco de conciencia. A ninguno de
nosotros se nos van a caer los anillos por meter el papel en el contenedor
azul, la lata de coca-cola en el amarillo y las sobras de la comida en el
verde. Muchos ya lo hacemos, ¿no? Y los demás no sé a qué están esperando, como
he dicho antes, esto es como un juego y el juego ya ha empezado, el tiempo pasa
y no va a esperar por nosotros. Así que sin más, vamos a ponernos en marcha, a
sacarnos un as de la manga, y a ir a por todas. Vamos a jugar para ganar y a
hacer con todas estas pequeñas cosas algo grande. Vamos a hacer de nuestro
mundo un mundo mejor.
lunes, 11 de junio de 2012
Sorbiendo los grumitos del colacao.
Una sensación de incertidumbre la de no saber qué nos depara el mañana, el no saber qué va a ocurrir con nuestra vida, qué va a ser de nosotros, cómo nos va a ir. Es tan relajante y a su vez inquietante... No creo en el destino ni en la vida después de la muerte.Lo cierto es que me asustan más los vivos que los muertos. Me asustan muchas cosas, aunque no me guste hablar de mis miedos. El miedo es horrible, es una habitación oscura si escapatoria donde el silencio te pita en los oídos y puedes gritar pero nadie te escucha. ¿A quién le gusta el miedo? Sin embargo sí que me gusta la intriga, le da emoción a la vida. Prefiero no saber qué pasará al despertar, asomarme al dulce balcón de la ignorancia, para que al abrir los ojos, tal vez, pueda llevarme una alegría.
viernes, 1 de junio de 2012
Las estrellas se han escondido.
Adoro los yogures de limón, son mi perdición. Podría comerlos sin cansarme hasta hartarme. También me gustan los abrazos, me gusta que me los den porque siempre me ha cortado mucho darlos yo; me encantan los besos en el cuello, las caricias en la espalda, los "tequieros" bien bajitos y la crema catalana. Me conquista el sonido de una guitarra acústica, me pierde el tácto de las sábanas en las piernas y mi gran sueño es ver el Circo del Sol. No me gustan los finales demasiado felices, pero tampoco los trágicos, he llorado con Titanic pero no me ha ilusionado demasiado. Se me dan fatal las mates y sin embargo no las detesto. Mi mente es un verdadero caos, o al menos lo parece. También me gusta mi caos.
lunes, 28 de mayo de 2012
Cuando se sueña despierto.
El problema no es cuando nos quedamos sin palabras, el problema es cuando nos sobran. Qué bonito es el silencio y cuántas veces lo estropeamos. Vendería mi voz si a cambio el mundo pusiera una sonrisa por encima de los gritos, si valiera más un suspiro que un sollozo, una lágrima que un alarido. Pero no es el caso, y teniendo una visión realista jamás se dará la situación, como para tantas y tantas cosas que a veces se nos pasan por la cabeza y no sabemos por qué las imaginamos. Aunque pensándolo bien, si fuera muda no sé muy bien que haría. Si fuera muda... me comería tu pupilas, y cuando no lo hiciera, me perdería por ellas.
sábado, 26 de mayo de 2012
Lejos de aquí.
Me gusta darle formas a las nubes y ver cómo juegan a hacer carreras mientras yo estoy tirada en la hierba. Me gusta escuchar a los pájaros coordinados con el silencio formando una melodía y el rumor del agua acorde a ellos. Odio la soledad y sin embargo a veces me encanta estar sola, cerrar los ojos y dejar que el aire me acaricie las mejillas, juguetón. Me gusta descalzarme y sentir las gotitas de rocío resbalando por mis pies, saltar de piedra en piedra, rodar por las laderas y ver el mundo al revés. Me gustan las praderas y también los bosques, los arroyos, las cascadas, las lagunas. Lejos de la ciudad, del agobio, del estrés de la gente, de humo, de coches que aceleran y mentes que deceleran. Me gusta despejar, gritar sin que me miren, no tener que responder ante preguntas indiscretas. Todos necesitamos ser nosotros mismos alguna vez.
lunes, 21 de mayo de 2012
Nudos en la garganta.
Hay muchas sensaciones, muchos tipos de sentimientos. Muchos de ellos son malos, pero sin duda alguna el peor es la decepción. El fallarle a alguien, el que te fallen a ti, el haber un culpable y una culpa de por medio. El dolor siempre acompaña a esta sensación, van ligados. Y las mayores decepciones son aquellas en las que uno no es capaz de decir nada, en las que uno no es capaz de odiar, ni de guardar rencor, simplemente por el hecho de que la decepción es algo que se siente cuando alguien a quien quieres te hace daño. Hace frío, está de lluvia, no es un gran día. Hay fiesta, pero qué importa. Apaga y vámonos.
lunes, 14 de mayo de 2012
Somos polvo de estrellas.
Nos hacemos mayores y el mundo se hace viejo con nosotros. Dejamos atrás miradas ignorantes para pasar a las miradas de complicidad; dejamos de escondernos debajo de la cama cuando hay algo que nos inquieta. Nos aceleramos y a veces no somos capaces de frenar, llegan las responsabilidades, y esa vocecita llamada conciencia.Crecemos, y dejan de quedarnos pequeños los zapatos, cosa de la que nuestras madres se alegran. Aprendemos a reír, pero también a llorar, y a veces hacemos una montaña de un granito de arena. Nos despertamos con el despertador y no cuando llaman a la puerta con un "¡Despierta, que ya son las doce!" que muchas veces suena a histeria. También aprendemos a hacer tonterías y nos hacemos expertos en hacer gilipolleces, cometemos errores y ahí es cuando conocemos también a otra vocecita llamada orgullo. Poco a poco vamos perdiendo la inocencia, cayendo en eso que se llaman los siete pecados capitales, pero que a mí simplemente me parecen tentaciones de la vida, algo más que se nos plantea. Pero es que no es nada más que eso, la vida; esto es lo que llega y lo que se irá más pronto de lo que nos pensamos. Nunca he hecho caso de esa frase que dice algo así como La vida es un ensayo de una obra que jamás se estrenará. Ahora mismo todos estamos en el escenario y el teatro está lleno de espectadores. Los hay de todo tipo. Hay gente que viene a ver la obra porque quiere vernos triunfar; otra no, otra quiere conducirnos directos al fracaso, y supongo que la otra entrará al espectáculo para curiosear. Tengo muy claro que mi vida ya está pasando, corriendo como un reloj de arena, que tardará más o menos tiempo en agotarse, pero me da igual. Siempre he tenido claro cómo he querido vivirla, y lo único que quiero es crecer sin ser mayor. No pienso dejar que se me escape lo que tengo amargándome mientras me devora una sociedad con la que muchas veces no estoy de acuerdo. Tampoco quiero marcharme de aquí siendo recordada, no me importa dejar huella, no creo que merezca hacerlo. Pero me iré de aquí cuando me vaya siendo lo que quiero, una niña. Siendo la niña que llevo siendo todo es tiempo. Es mi papel en mi teatro, y no tengo necesidad ninguna de actuar.
Entierra todos tus secretos en mi piel.
No me hace mucha gracia perder el control de mis emociones, por eso acostumbro a no exteriorizarlas. ¿Por qué tiene la gente que saber aquello que me revolotea dentro? Yo soy la dueña de mis sentimientos, a nadie tengo por qué regalarle tal privilegio. No obstante, supongo que como todas las cosas, siempre existen excepciones. Llega un punto en que yo no soy capaz de ocultarte nada, como si fueras capaz de franquear las barreras que para la gran mayoría de la gente son demasiado altas. No sé si eso es algo bueno, pero tampoco lo considero algo malo. Llega un punto en que yo ya no puedo hacer nada, porque produces dos efectos sobre mí, y es que o bien me aceleras, o me dejas sin aliento; y nadie aquí es tan ignorante como para no darle a ello su contexto. Pero no importa, lo cierto es que esta vez no me importa. Qué más da darte a entender mis sensaciones y mis emociones, si tú solito eres capaz de averiguarlas. Así que digamos que tú eres la moraleja, lo especial de todo esto. Digamos que eres... la excepción que confirma la regla.
miércoles, 9 de mayo de 2012
Only you can make me happy.
Hoy para muchos es un día normal, sin embargo para mí no, tiene algo de especial. No se cumplen años todos los días, y aún así, a pesar de llevar publicándolo a los cuatro vientos durante semanas, no deja de ser un día más. Las personas entran y salen de nuestras vidas como hojas se lleva el viento en días de brisa. No obstante, hay muchos tipos de personas. Están aquellas que llevan a tu lado toda una vida y seguirán estando en tu día a día, y están las que después de todo ese tiempo llega un momento en que cogen la puerta y se van; están aquellas que un día aparecen y luego vuelven a irse, y están las que llegan para quedarse. En mi vida todos estos tipos de personas están presentes, todos; pero de todas las personas que conozco, en mi patatita se han hecho un hueco una minoría absoluta.Son esas las que me importan hoy, nueve de mayo, pero también son las únicas que me importan en el día a día. No se puede explicar con palabras algo que se guarda dentro, pero es algo. Gracias por hacerme soñar.
viernes, 4 de mayo de 2012
Días grises
Ignoro si afuera llueve o brilla el sol. He bajado la persiana, aunque tampoco es que tenga demasiadas ganas de siesta. No tengo ganas de nada. Por mí que caiga el diluvio universal, que llegue el apocalipsis o que se acabe el mundo. Hoy no importa. Hoy nadie es nadie y el mundo se va a la mierda. Tampoco voy a pensar en mí, hoy lo mejor es no hacerlo. Directamente, hoy es mejor no pensar.
martes, 1 de mayo de 2012
Alternativas
Puedes tenerlo todo y de repente no tener absolutamente nada o al revés. La sociedad se acostumbra a acomodarse y confiarse cuando el viento sopla a su favor hasta que un día llega la calma y ¡zas!, todo se desmorona. El mundo es ambicioso, y yo creo que la ambición no es mala. ¿Quién no quiere llegar a lo más alto? Y sin embargo es ese el motivo por el cual muchas veces la cagamos, por querer tocar la cima, por querer tenerlo todo. Todos los extremos son malos, absolutamente todos; hablemos de política, de religión, de codicia, de ambición, de avaricia, hablemos de X. ¿No es más fácil disfrutar, poquito a poco, de los placeres de la vida? Aunque no siempre el aire sople de nuestra parte, podemos aprender a controlar la brisa.
lunes, 30 de abril de 2012
sábado, 28 de abril de 2012
Escalofríos de primavera.
Hemos llegado a un punto que yo no sabría explicar con palabras. Llevo meses intimando con los chopos; los he visto cambiar a lo largo de este tiempo, los he visto con hojas, pero luego se le cayeron y el suelo se tapó con una alfombra a juego con el río que iba hasta arriba, lleno. Ahora todo está verde y el sol se cuela juguetón entre las ramas, aunque a veces hace viento y me despeino. Siempre en el mismo sitio, o casi siempre, me siento tan a gusto con lo que me rodea que podría pasarme horas mirando a la nada sin inmutarme, con los ojos cerrados, escuchando cantar a los pájaros que nos miran desde las alturas. El tiempo pasa, es inevitable, los relojes se paran y sin embargo el tiempo sigue corriendo ansioso por llegar a su meta inexistente, al final del infinito. Tú lo ves pasar, yo lo veo pasar, el mundo lo ve pasar. Y me gusta ver como pasa mientras te ríes, mientras chillo si veo un bicho, cuando me enfado y no respiro. Me gusta, claro que me gusta. Tú también intimas con los chopos, es algo a lo que me he acostumbrado, algo que hacemos juntos. Aunque sin tu sonrisa a mi lado ten muy claro que no sería lo mismo. Para nada lo sería. Y es con tu sonrisa con lo que me quedo de todo esto que te he dicho.
lunes, 9 de abril de 2012
Goodbye holidays.
Son las 23:42 y la verdad es que me caigo de sueño, pero no tengo ganas de dormir. Mañana rutina, otra vez, qué horror, ¿no? El mundo vuelve a su curso, se despierta el espíritu laboral; las mañanas se quedan sin niños, que quedan encerrados en sus clases, atentos o todo lo contrario a explicaciones que después de las vacaciones no tienen ningún sentido. Tengo la costumbre de mirar por la ventana desde clase, veo cómo avanza el día mientras yo parezco estar congelada sin que corra el segundero de mi reloj. Que se detenga el tiempo una vez más. Quiero pasarme horas en la cama, quiero salir y desfasarme y al día siguiente reírme guardando la noche como una anécdota sin más, quiero no tener hora, quiero hablar hasta las tantas, salir por la mañana. Quiero pasarme horas tirada en el césped sin preocuparme de nada. Pero no puede ser. Bip. La alarma puesta, el uniforme fuera, la mochila perfectamente colocada. Adiós vida, hola rutina, sé que me echabas de menos.
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